martes, 9 de julio de 2013

La Emperatiz De Los Etéreos (cap 5)

Hola, esta semana os voy a dejar varios capítulos porque no se cuando podre subir más. Espero que os este gustando el libro (aunque no creo que mucha gente lo este leyendo). Aquí os dejo el 5º capítulo.
María.
 V
UN COMPAÑERO DE VIAJE
 
El primer día, el tiempo acompañó. La niebla, pe­gajosa y espesa, no llegó a disiparse, pero al menos, no nevó ni estalló ninguna tormenta. Bipa avanzó siempre en línea recta, o en todo caso lo in­tentó. Sabía que, si se detenía un instante o se desviaba, perdería el rumbo. Sólo el instinto y una férrea voluntad de seguir el mismo camino podían asegurarle que avan­zaba en dirección a la Estrella. «Pero está tan lejos —pensó en algún momento, desanimada— que de todas formas no importará que me desvíe un poco. Seguiré estando le­jos igualmente.»Sin embargo, continuó caminando hasta que el ham­bre y el cansancio la vencieron. Entonces se detuvo al abrigo de una protuberancia rocosa y allí montó un improvisado campamento. Intentó encender un fuego, pero había tanta humedad en el ambiente que las ramas no prendieron. Bipa se resignó, se envolvió bien en sus ropas y aferró el Ópalo con ambas manos, para que su reconfortante calidez aliviara el frío y la rigidez que se estaba apoderando de sus dedos. Guardó las ramas, sin embargo. En su mundo, los árboles y matorrales eran escasos y crecían débiles y mustios. Su gente solía utilizar más el carbón que la ma­dera para hacer arder sus hogueras, porque ésta era un lujo difícil de obtener. En aquel momento, Bipa se dio cuenta de que lejos de las Cuevas había todavía menos vegetación. No lo consideró un buen presagio, pero procuró no pen­sar en ello. Durmió al abrigo de la roca el resto del día. Y cuando oscureció, se levantó y buscó con la mirada el suave resplandor de la Estrella. Detectó que la niebla era más clara en una determinada dirección, y se encaminó hacia allí. Indudablemente, hacia más frío de noche que de día; pero de noche corría menos riesgo de perderse, por lo que aún caminó un buen rato más antes de detenerse. Y cuando lo hizo no fue por cansancio, sino porque el cielo se había nublado, ocultándole el resplandor que la guiaba.
Bipa encontró cobijo al pie de una colina. No era un gran refugio, pero no tenía otra cosa. Durmió hasta bien entrada la mañana.
El segundo día despertó entumecida de frío, y tuvo que dar varios saltos para volver a sentir los pies. La hu­medad había calado en sus huesos, le dolía todo el cuerpo y sentía la nariz congelada. En aquel momento se sintió tentada de regresar. Pero tomó el Ópalo entre las manos y éste le infundió calor y confianza.Anduvo toda la mañana bajo un cielo plomizo y pe­sado, y a mediodía comenzó a nevar con suavidad. Con todo, el tiempo seguía siendo bueno, aunque Bipa temía que las nubes le impidieran continuar en la dirección correcta.
El tercer día se desató una violenta tormenta de nieve. Bipa la había visto venir durante toda la mañana. El cielo estaba cada vez más oscuro y un viento desagradable se le metía en los oídos, le cortaba los labios y le congelaba la nariz. La muchacha no soltó el Ópalo en ningún mo­mento, y aun así sentía las manos heladas por debajo de las manoplas. Buscó desesperadamente un refugio, pero la tormenta se abatió sobre ella antes de que lo encontrara. Tambaleándose, avanzó como pudo, luchando contra los elementos, ciega, sorda, sintiendo que el frío devoraba cada fibra de su ser. Tropezó en más de una ocasión, y es­tuvo a punto de no levantarse, pero era demasiado obsti­nada como para dejarse vencer. De modo que siguió arras­trándose sobre la nieve, a tientas, como una autómata. Y cuando creyó que las fuerzas la habían abandonado, en­contró un hueco bajo un saliente. Jadeando, se acurrucó en su interior, tratando de conservar el escaso calor que le restaba. En aquellas circunstancias, ni siquiera la ener­gía que irradiaba el Ópalo servía para confortarla. Lo ha­bría dado todo por un buen fuego y una sopa caliente. Entornando los ojos, recordó las fuentes termales que ma­naban de la roca, adonde los habitantes de las Cuevas iban todos los días a asearse, ellos por la mañana temprano, y ellas al caer la noche. Evocó la deliciosa sensación del agua caliente envolviendo su cuerpo desnudo y se perdió en ensoñaciones llenas de vapor de agua y llamas que crepi­taban alentadoramente.
Y, después, perdió el conocimiento. Fue el silbido del viento lo que la despertó, lo cual fue una suerte, porque de lo contrario habría sucumbido allí mismo, congelada. El Ópalo seguía siendo un corazón cá­lido entre sus manos y contribuyó a despejarla. Sacudió la cabeza, horrorizada, y, con gran esfuerzo, consiguió sacar de la mochila todas las prendas que traía. Se las echó por encima, una detrás de otra, tiritando, mientras hacía enér­gicos movimientos con los brazos para tratar de entrar en calor. Encontró una cavidad en la roca y trató de encender una hoguera allí, pero el viento no se lo permitió.
Bipa permaneció acurrucada en el agujero al menos dos días más, hasta que la tempestad amainó. El viento dejó de soplar, las nubes se levantaron un poco y la nieve volvió a caer lenta y blandamente.
Entonces, Bipa pudo encender una pequeña hoguera. Lloró de alegría al ver la tímida llamita que brotó de en­tre las ramas. Era tan pequeña que apenas calentaba, pero la consoló tanto que no se dio cuenta de que sus lágri­mas habían quedado escarchadas sobre sus mejillas.
Al séptimo día, por la noche, la claridad de la Estre­lla volvió a adivinarse en el horizonte neblinoso, y Bipa re­emprendió la marcha. Cojeaba. Tenía la sensación de que uno de sus pies se había dormido, o se había convertido en un bloque de hielo. Por fortuna, la caminata reavivó la circulación de su sangre y ella no tardó en recuperar la sensibilidad en el pie.
El octavo día tuvo que empezar a racionar la comida. Seguía sin tener señales de Aer ni de Gélida, y mucho menos de la Emperatriz. Desalentada, empezó a pensar en rendirse y regresar. Pero temía estar ahora más lejos de su casa que de su destino. Con aquella niebla no podía sa­berlo. Tal vez Aer estuviese más cerca de lo que pensaba. También él se habría visto frenado por las tormentas. Quizá había hallado un refugio cerca de allí. En cualquier caso, el hogar de Gélida no podía estar muy lejos. Aer había ido y había vuelto, y probablemente no iría mejor preparado que Bipa. Eso le daba ánimos.
El undécimo día avistó entre la niebla los picos de una cordillera que le cerraba el paso. Al principio esto la de­salentó, pero luego recordó las leyendas que hablaban del palacio de la Emperatriz, «más allá de los Montes de Hielo y la Ciudad de Cristal».
Los Montes de Hielo... ¿Sería aquello la primera frontera? No parecían unas montañas especiales, salvo por el hecho de que eran altísi­mas, mucho más altas que cualquiera que Bipa hubiera visto jamás. Pero, claro, el manto de niebla era demasiado espeso, y ella se encontraba demasiado lejos como para es­tar segura.
Pronto se dio cuenta de que se hallaban mucho más distantes de lo que parecía.
El duodécimo día, al caer la noche, las montañas eran todavía una sombra lejana, y los cielos desataron sobre ella una tormenta de nieve aún más violenta que la anterior. Aterida, desorientada y sin aliento, buscó un rincón donde esconderse, pero no lo encontró. Su única posibilidad era llegar hasta la cordillera. Apretó los dientes, aferró bien el Ópalo entre las manos y siguió avanzando, poco a poco, paso a paso, a veces frenada por el viento y a veces arras­trada por él. Llegó un momento en que se movía sin ser ya consciente de lo que hacía. Su mente vagaba muy le­jos de allí, pero una parte de su ser todavía colocaba un pie delante de otro y se acordaba de respirar. Sin saber cómo ni por qué, se levantaba cada vez que se caía y continuaba avanzando, con una obstinación inquebrantable. Se sen­tía como una muñeca sin voluntad propia, arrastrada por una fuerza invisible que la empujaba a seguir adelante. Tal vez fuera el instinto de supervivencia, o tal vez la voz de la Diosa que la guiaba; Bipa nunca lo supo. El caso es que, al atardecer del... ¿decimotercer...?, ¿de­cimocuarto... día?, sus piernas la dirigieron con cierta tor­peza hasta el pie de la cordillera y la mente de Bipa vol­vió a la realidad cuando sus ojos le mostraron la imagen de algo largamente anhelado: una cueva, un refugio. Un techo. Abrigo. Silencio. Calor.
Bipa sollozó de alegría, pero sus lágrimas se congela­ron en su interior aun antes de salir de sus ojos. Se arras­tró como pudo al interior de la cueva, buscó un rincón resguardado, se acurrucó en el suelo y, muerta de frío y de agotamiento, se quedó profundamente dormida.
Nunca llegó a saber si despertó el día decimoquinto o decimosexto. En aquel instante renunció a seguir mante­niendo la cuenta.
Amaneció sumamente hambrienta y aterida de frío. Con los dedos rígidos todavía y tiritando violentamente, devoró toda la comida que le quedaba. Sabía que se estaba quedando sin alimento, pero en aquel momento no le im­portó. Tenía una cueva donde guarecerse. Ya podía nevar ahí fuera todo lo que quisiera, ella estaba a cubierto. La simple idea de poder descansar allí la llenaba de alegría y optimismo. Pasó el resto del día intentando encender un fuego. Por fin, su paciencia se vio recompensada y logró prender una hoguera de mediano tamaño. Entusiasmada, recogió musgo de las paredes y lo echó al fuego para que ardiera mejor todavía, pero sólo consiguió llenar la cueva de un humo oscuro y maloliente. Tosiendo, rebuscó en su mo­chila en busca de más ramas que se hubiesen quedado en el fondo. Y topó con unos bultos en uno de los bolsillos. Extrajo, sorprendida, dos piezas de carbón de buen tamaño.
—Oh —exclamó. Se asustó de oír el sonido de su pro­pia voz. Llevaba dos semanas sin hablar con nadie.
No recordaba haber guardado carbón en su mochila. Debía de haber sido cosa de Topo. Sonrió, conmovida. Pronto, la hoguera ardía con fuerza, caldeando su refugio. Bipa sacó una pequeña cazuela de barro y puso nieve a ca­lentar. Cuando el agua estuvo tibia, la bebió. No tenía nada con lo que hacer sopa, pero no le importó. El líquido ca­liente la reconfortó y la vivificó por dentro. Y le hizo en­trar en calor por primera vez en muchos días.
Para cuando la tormenta amainó, un día después, Bipa estaba muerta de hambre otra vez y la hoguera ya se había apagado, si bien había caldeado la cueva y la había hecho algo menos húmeda de lo que era.
Bipa retiró la nieve de la entrada y salió a explorar. Por muchas ganas que tuviese de encontrar a Aer, no se sentía con ánimos de abandonar tan pronto su refugio. Le entraba una extraña ansiedad sólo con planteárselo. Necesi­taba recuperar fuerzas y reunir víveres, si esto era posible, antes de continuar el viaje... o regresar a casa.
Todavía no había decidido lo que iba a hacer. La ten­tación de volver era cada vez más fuerte. Por otro lado, la idea de haber sufrido tanto todos aquellos días para nada la retenía y le hacía pensar que regresar sin noticias de Aer era la última opción.
Aquella mañana, sin embargo, Bipa no quiso pensar en ello. Recorrió los alrededores de la cueva, los recovecos entre las rocas a la sombra de las montañas, y halló va­rios arbustos resecos de los que pudo arrancar un buen montón de ramas para su fuego. Pero no encontró nada que comer.
Por la tarde volvió a salir, y en esta ocasión sus ojos captaron por primera vez la vida que se ocultaba en aquel paraje desolado: criaturas de distintas clases, pequeñas o de tamaño mediano, pululaban por entre las rocas. La ma­yoría eran de pelaje blanco y se confundían con la nieve, por eso no las había visto antes. Acuciada por el hambre, Bipa cargó su honda y, tras varios intentos frustrados, lo­gró cazar una especie de roedor, que más tarde cocinó a la brasa en su pequeño fuego. No hizo ascos a aquella co­mida, incluso guardó los huesos para hacer caldo más ade­lante. La Diosa no se prodigaba mucho a la hora de faci­litar el sustento, y menos en aquel lugar. Dadas las circunstancias, Bipa no se podía permitir el lujo de ser exi­gente. Al día siguiente, su exploración la llevó cerca de una extraña escultura de nieve. Bipa se detuvo en seco al verla, sorprendida. Aquello le sacaba varias cabezas, y era demasiado compacto y de forma humanoide lo bastante defi­nida como para no ser simplemente un cúmulo de nieve caído así por azar. Se alzaba al abrigo de una roca, muy er­guido, con los brazos pegados al cuerpo, la línea de la boca tiesa y los dos agujeros que tenía por ojos mirando al frente. Alguien tenía que haberlo modelado, y recientemente. Aunque tenía montoncitos de nieve caída sobre la cabeza y los hombros, en aquel lugar una escultura así no po­dría permanecer tan compacta durante mucho tiempo. Bipa se volvió hacia todos lados, pero no vio a nadie más. Inspiró hondo y gritó:
— ¿¡Aer!?
Sólo el eco (Aer... Aer... Aer...) le devolvió su voz.
— ¿Hay alguien ahí? —insistió ella (Ahí... ahí... ahí...).
Luego, silencio.
Bipa respiró hondo. Se encogió de hombros y retroce­dió un par de pasos para ver la escultura de nieve en con­junto. No tenía el aspecto simpático de los monigotes que levantaban los niños en las Cuevas cuando nevaba. Tenía forma humanoide, sin duda, como si hubiese sido mo­delada con cierta torpeza por las manos de un bebé gigante. La cabeza parecía demasiado grande, los brazos demasiado cortos... y aquella expresión... ¿Cómo podía algo moldeado a partir de un montón de nieve, con una cara dibujada de forma esquemática y apresurada, transmitir semejante sensación de tristeza?
Bipa sintió un escalofrío, y por una vez no se debía a la temperatura del ambiente. Desvió la mirada y se dis­puso a continuar su camino. Sin embargo, no pudo re­sistir la tentación. Se aproximó de nuevo y alargó la mano para tocarla, sólo para comprobar si era tan sólida como parecía o, por el contrario, se desmoronaría al primer roce. Apenas sus dedos tocaron la mano de la estatua de nieve, percibió un súbito destello en el Ópalo que pendía sobre su pecho y una especie de oleada de calor que se despa­rramó por todo su cuerpo, hacia su mano, fuera de su piel, a través de la manopla, hasta los dedos de la enorme escul­tura. Perpleja y asustada, Bipa retiró la mano. Pero el Ópalo volvía a estar como siempre, y la sensación de calor había desaparecido. Había sido tan breve que Bipa empezó a pen­sar que lo había imaginado.
Entonces cayó sobre ella un pequeño montón de nieve, sobresaltándola. Miró hacia arriba y se le escapó un grito de terror.
La estatua había movido la cabeza, y parte de la nieve que la cubría le había caído encima. Con estupor, Bipa la vio sacudir otra vez su enorme cabeza para terminar de librarse de la nieve sobrante; y cuando aquella cosa se in­clinó hacia ella y la miró, con aquellos ojos huecos, Bipa chilló de nuevo y trató de huir. Tropezó con un montículo de nieve y cayó de espaldas, quedando sentada sobre el suelo, incapaz de moverse, mientras veía, aterrada, cómo aquella escultura cobraba vida ante sus ojos. Después de mover la cabeza, sacudió los hombros y alzó los brazos. Los miró, como sorprendiéndose de que siguieran ahí. Luego dio un paso hacia Bipa, pero al notar que ella retrocedía, asustada, se quedó donde estaba, con la enorme cabeza de nieve ladeada sobre un hombro, contemplándola con ex­pectación y cierta melancolía.
Bipa jadeaba de puro terror. La estaba mirando... ¡la estaba mirando! ¿Pero cómo podía verla esa cosa cuyos «ojos» no eran más que dos agujeros perforados en la bola de nieve que tenía por cabeza? ¿Qué era exactamente? ¿Es­taba viva? Si no lo estaba, ¿por qué se movía? Y, si lo es­taba, ¿tendría acaso corazón?Bipa sacudió la cabeza, confundida, y el gigante de nieve la imitó, con tanto entusiasmo que Bipa temió que su cabeza saliera volando por los aires. Pero permaneció en su sitio, demostrándole que aquella criatura era sorpren­dentemente sólida para estar hecha de nieve, como pare­cía. La joven frunció el ceño y trató de pensar con frial­dad. Tampoco era tan importante saber qué era exactamente ni cómo había llegado hasta ahí. Lo principal era averiguar si era peligroso y, en el caso de que no lo fuera, si podía serle de utilidad.
—Esto... hola —le dijo con precaución.
El gigante de nieve no respondió. Sólo continuó con la vista fija en ella.
—¿Qué eres? —siguió preguntando Bipa; luego pensó que tal vez eso no fuera muy cortés y se corrigió—. ¿Quién eres? ¿Tienes nombre?
La criatura permaneció callada.
—Yo soy Bipa —prosiguió ella, empezando a sentirse estúpida.
El otro no se movió. Estaba claro que, o bien no la en­tendía, o simplemente no sabía hablar. Pero, ¿era necesa­rio que la observara de aquella manera, con tanta fijeza?
—Deja ya de mirarme —protestó Bipa, incómoda.
Le arrojó una bola de nieve desde allí, donde se encon­traba, sentada en el suelo, y se arrepintió enseguida de ha­berlo hecho. Contempló con cierto terror cómo la nieve se estrellaba contra el hombro de aquel extraño coloso ani­mado. Pero él no se enfureció. Volvió la cabeza hacia su hombro, hacia el lugar donde había impactado el pro­yectil lanzado por Bipa, sin inmutarse, y luego se giró hacia ella otra vez para contemplarla con aquella mezcla de expectación, tristeza y curiosidad. Bipa suspiró con cierta exasperación. Se levantó como pudo, se sacudió la nieve de los pantalones y le dijo a aquella cosa, fuera lo que fuese:
—Bueno, me alegro de conocerte, pero tengo otras co­sas que hacer. Hasta otra.
Le dio la espalda y prosiguió su camino. Pero, ense­guida, con el corazón latiéndole con fuerza, detectó un sordo rumor tras ella, que se detuvo cuando ella lo hizo. Se volvió lentamente para comprobar que sus temores no eran infundados: el coloso de nieve la seguía.
La muchacha respiró hondo, nerviosa, y se puso en marcha de nuevo, mucho más deprisa. Le bastó una breve mirada por encima de su hombro para comprobar que aquella extraña criatura aún iba tras ella. Bipa echó a correr. El ser de nieve era grande, pero lento, y pronto, con gran alivio por su parte, lo dejó atrás. Se refugió en su cueva, temblando. Cuando consiguió reunir el valor suficiente, se asomó con precaución.
Vio aparecer su enorme mole por detrás de un mon­tículo de nieve. Asustada, se acurrucó tras una roca y trató de pasar inadvertida. El gigante de nieve se detuvo junto a la boca de la cueva, demostrando a las claras que la ha­bía visto —si es que podía realmente «ver» algo—, pero no hizo ademán de entrar. Simplemente se quedó allí plan­tado, como un centinela, silencioso y quieto.
Bipa tardó un rato en atreverse a salir de su escondite. Se desplazó por la cueva, con precaución, y la cabeza del gigante siguió su movimiento, pero eso fue todo.
Lentamente, la muchacha empezó a tranquilizarse. Pronto descubrió que la criatura, a pesar de su tenacidad a la hora de seguirla, no tenía intenciones violentas. Por algún motivo que se le escapaba, respetaba su espacio, y en ningún momento trató de entrar en la cueva, pero tam­poco se apartó de la entrada, salvo cuando Bipa encen­dió un fuego al caer la noche. Entonces se alejó prudente­mente de la boca de la cueva, de aquel foco de calor que podía ser fatal para él, pero no llegó a marcharse.
A la mañana siguiente, cuando Bipa se asomó, aún se­guía allí. Con precaución, la joven salió al exterior. Aún no sabía si era seguro hacerlo, pero se moría de hambre, y tenía que encontrar algo que comer para acallar el ruido de su estómago. Avanzó en un silencio precavido, sin per­der de vista al ser de nieve, pero éste detectó enseguida su presencia y movió la cabeza hacia ella. Bipa desvió la mirada y fingió que no lo había visto. Siguió caminando, como si no le prestara atención, pero a la criatura no pa­reció importarle. La siguió, a una cierta distancia, pero con la infatigable lealtad de un perrito. Bipa respiró hondo, ce­rró los ojos y se detuvo.
—Bueno —masculló—, supongo que todo el mundo es libre de ir a donde le parezca y no puedo impedir que me sigas, ¿no?
Y al decir esto lo miró con resignación. Pero el co­loso de nieve se limitó a ladear la cabeza, indiferente. Bipa no tardó en acostumbrarse a su compañía. La criatura no hacía apenas ruido, no molestaba, no se inter­ponía en su camino. Su única necesidad parecía consistir en seguirla a todas partes, salvo al interior de su cueva. Y pronto, en lugar de sentirse inquieta por su presencia, Bipa empezó a hallarla reconfortante. Por alguna razón, se creía más segura sabiendo que aquel extraño ser velaba por ella a la entrada de su caverna. Aunque nada aseguraba que fuera a defenderla si la atacaban —y, en cualquier caso, un montón de nieve con forma remotamente humana no pa­recía un gran oponente—, lo cierto era que le infundía una curiosa sensación de protección.
Quizá por eso, cuando se vio con fuerzas, Bipa deci­dió que proseguiría su camino hacia la casa de Gélida, en lugar de regresar a su propio hogar. Y así, una mañana neblinosa, guardó en su mochila las escasas provisiones que había podido reunir y se puso de nuevo en marcha.
Hacía tiempo que había descubierto un paso entre las montañas, pero no se había aventurado por él. Aun así, sospechaba que la llevaría al otro lado, por lo que lo enfiló con decisión.
El gigante de nieve la seguía en silencio. Por lo visto, el hecho de que ella se alejara de la cueva, y del lugar donde lo había encontrado, no lo inquietaba. No vaciló en acompañarla a través de las montañas, ni tampoco mostró duda ni preocupación cuando, por fin, el paisaje rocoso se abrió, revelando una amplia extensión nevada. Bipa dejó atrás la cadena montañosa, y la criatura la siguió sin mirar atrás una sola vez.
«Debe de sentirse solo», reflexionó Bipa. Aunque... ¿podría un montón de nieve experimentar la soledad? ¿Po­dría sentir «algo»?
En cualquier caso, el motivo por el cual aquel coloso de nieve iba tras los pasos de Bipa era todavía un miste­rio para ella. A lo largo de los días siguientes, la muchacha trató de darle conversación, de comunicarse con él de modos di­versos, pero todo fue inútil. La criatura se limitaba a mirarla con semblante inexpresivo.
Gozaron de buen tiempo durante aquel periodo. Por descontado, la niebla no se levantaba nunca y las nubes se­guían cubriendo el cielo por completo, pero no se desató ninguna tormenta. Bipa aprovechaba los días al máximo, levantándose temprano y avanzando hasta que no podía más. Quería adelantar todo lo que pudiese ahora que el tiempo era favorable. Se había detenido demasiado en su refugio de las montañas, y seguro que Aer le llevaba mu­cha ventaja.
Con todo, no estaba segura de ir en la dirección co­rrecta. Aquella planicie nevada seguía y seguía, y ella con­tinuaba adelante, simplemente. Pero podía haber perdido el rumbo. Podía estar caminando en círculos. Podía... Eran tantas las cosas que podían estar saliendo mal que Bipa procuraba no pensar en ellas. Estaba convencida de que, si empezaba a enumerar las dificultades con las que podría toparse, el miedo y la duda la paralizarían y no la dejarían continuar. Y en aquellas circunstancias lo mejor era avanzar, moverse, no importaba en qué dirección. De modo que seguía caminando, testaruda, y el gigante de nieve la seguía. Por lo menos, se decía ella a menudo, no le discutía sobre sus intenciones ni sobre el rumbo a se­guir. No estaba muy segura de saber qué contestar si al­guien le preguntara al respecto.
Pero la fortuna siguió sonriéndoles, porque justo cuando ya se acababan las provisiones y Bipa se planteaba volver a hacer otro alto de varios días para cazar, pescar y descansar, unos picachos de hielo emergieron en el hori­zonte.
Bipa se detuvo —y el coloso de nieve con ella—, con el corazón latiéndole de angustia. Pero después de obser­var mejor aquellas formas que se adivinaban entre la nie­bla, respiró, aliviada: no eran de nuevo las montañas. Las puntas tenían un aspecto demasiado regular, parecían ta­lladas por manos humanas. A juzgar por el tamaño que se les adivinaba a aquella distancia, podían ser torres... enormes torres que coronaban un amplio edificio que, en efecto, parecía de hielo, aunque Bipa estaba demasiado lejos como para asegurarlo.
<<¿El palacio de la Emperatriz? ¿Tan cerca?», se pre­guntó, aunque tenía la sensación de que había viajado in­creíblemente lejos. Recordó entonces que también existía otra posibilidad.
—Gélida —murmuró en voz alta. Respiró hondo. Gélida conocía a Aer. Podía preguntarle por él. Con un poco de suerte, tal vez el chico se encontrase en su casa todavía. Pero se acordó de la flor de cristal que él le había robado. Se preguntó si a ella le había molestado mucho y, en tal caso, si seguiría enfadada por ello. Dudó, pero la po­sibilidad de tener noticias de Aer, por fin, o simplemente de poder hablar con otro ser humano, después de tanto tiempo, terminaron de decidirla.
Con paso firme, echó a andar hacia las altas torres que peinaban el horizonte. Alcanzaron el enorme edificio cuando ya comenzaba a oscurecer. Cansada, hambrienta y sin aliento, Bipa se detuvo un instante ante el arco de en­trada y trató de distinguir a simple vista lo que había más allá. Pero el camino se difuminaba en la niebla, y no había suficiente luz para ver la puerta desde allí. Alzó la ca­beza, para contemplar el gigantesco arco de hielo que se erigía sobre ellos. Una hilera de arcos similares, pero más pequeños, recorrían el camino que llevaba hasta el palacio de Gélida. No sujetaban nada, sin embargo, y Bipa pensó que, aunque el efecto era bastante impresionante, aquellos arcos no tenían ninguna utilidad, pues eran altos y estrechos, y no valían tampoco como refugio. La joven evocó su hogar, las casas de su gente, cómodas, acogedoras y prác­ticas, y se preguntó qué clase de persona se molestaría en cubrir el camino que llevaba a su casa con arcos inútiles y ostentosos. La misma clase de persona que coleccionaba flores de cristal, supuso. El recuerdo de la flor de cristal le llevó a pensar en Aer una vez más. Inspiró hondo y desterró las dudas de su mente. Tenía que entrar y preguntar por Aer. Y, de paso, solicitar cobijo y algo caliente para cenar.
Se adentró por el camino, bajo los arcos de hielo. Pero sólo había avanzado una docena de pasos cuando se dio cuenta de que le faltaba algo, y se volvió. La criatura de nieve no se movía. Se había quedado parada bajo el arco principal y la miraba, pero no hacía ademán de seguirla.
—¿Qué te pasa? ¿No vienes?
Su acompañante movió un poco la cabeza, pero se quedó donde estaba.
—Está bien —dijo Bipa—. Espérame aquí, si lo pre­fieres. Volveré por la mañana.
El gigante de nieve no dio muestras de haber compren­dido, pero permaneció donde estaba, y Bipa sospechó que allí lo encontraría al día siguiente, en el mismo lugar.
Siguió, por tanto, sola, por el camino bajo la arcada, hasta que topó con una puerta gigantesca, flanqueada por dos estatuas. La puerta estaba cerrada; un enorme aldabón colgaba sobre ella, pero parecía tan pesado que Bipa no se molestó en tratar de moverlo. Por el contrario, golpeó la puerta con los nudillos, con todas sus fuerzas.
Nada sucedió, al principio. Pero luego se oyó un si­niestro crujido y algo se movió justo junto a Bipa. La chica retrocedió de un salto, asustada, y alzó la cabeza. Repri­mió una exclamación de sorpresa al darse cuenta de que aquellas figuras que había tomado por estatuas no eran ta­les. Eran colosos similares a la criatura de nieve que la había acompañado. Y la estaban mirando.
Estaba demasiado oscuro como para que Bipa pudiese apreciar los detalles, por lo que no podía saber si sus ros­tros eran tan inexpresivos como los de su compañero de nieve. Tampoco podía estar segura de que fuesen a enten­derla, pero de todas formas se aclaró la garganta y dijo, len­tamente y con claridad:
—Me llamo Bipa y vengo de las Cuevas. Quiero ver a Gélida. Me gustaría hacerle una consulta.
Los gigantes no se movieron, al menos al principio. Cuando Bipa ya pensaba que no la habían entendido, uno de ellos se volvió hacia la puerta y, con una facilidad envi­diable, descargó un solo golpe sobre ella con el gran al­dabón.El sonido resonó por el interior del palacio. El coloso esperó. Y entonces, lentamente, las puertas se abrieron, dejando caer una fina lluvia de nieve y escarcha. El guardia entró y se volvió hacia Bipa, como indicándole que le siguiera. Ella lo hizo.

sábado, 6 de julio de 2013

Unas páginas que no olvidarás.

Ahora este blog parece que está dedicado a los libros. xD Será el calor que nos da ganas de quedarnos en casa sin movernos. Jajajajajaa
Ya os presenté que tenía un proyecto de novela en mis manos, pero no es del todo cierto, son 3.
Uno ya está terminado y es más corto de lo que hubiese querido hacerlo, pero era para un concurso y no pude presentarlo, por eso os lo adjunto aquí, me gustaría que opinaseis y valoraseis la historia, la forma de escribir... Todo lo que se os ocurra para que pueda escribir mejor.


Aquí os lo dejo:


Unas páginas que no olvidarás.

La vida es más simple de lo que parece. Solo hay que soñar y cumplir tus sueños sin importar lo que piensen los demás. Cantar como si nadie te escuchase, bailar como si nadie te viese, amar como si nunca te hubieran herido… Si me lo hubiesen dicho antes no habría sufrido, habría sido la mujer más feliz de este estúpido mundo, pero no puedo cambiar mi pasado, me cambiaría a mi misma, no sería la chica que soy hoy en día, tal vez mucho más ingenua y despistada, mas de los errores se aprende ¿no? Puede que dentro de unos años mi historia llegue a ser más conocida de lo que yo misma pueda imaginar, o que simplemente desaparezca totalmente excepto para mi hija, a la que algún día le enseñaré como su madre tuvo que convertirse en una adulta hecha y derecha.
Todo empezó a mis trece años, cuando mi madre murió en un accidente por culpa de un borracho al que le dio por coger el coche. Yo solo era una cría, solo acababa de empezar el instituto, necesitaba todo su apoyo pero no pudo estar ahí conmigo, mi padre me abandonó al poco de enterarse de que mi madre no volvería, se suicidó de un tiro a la cabeza que yo presencie, me dejó a mi suerte. Todos mis tíos y primos intentaron sacarme una sonrisa con regalos, alojamiento y comida, mas su pena por mi me impedía ser todo lo feliz que podría haber sido, aguante esa tortura tres años hasta que por fin pude trabajar a tiempo parcial en un café, me mantenía ocupada y ganaba el suficiente dinero como para vivir sola, era todo lo que podía pedir. Nadie pensó que podría llegar a ser tan madura en aquel momento: iba al instituto, volvía a casa, me preparaba la comida y comía, me dirigía al café para trabajar desde las cuatro hasta las once de la noche, cuando terminaba mi jornada laboral regresaba a casa, pedía una pizza o cualquier cosa y estudiaba hasta las cuatro de la madrugada, dormía tres horas, a las siete limpiaba, recogía la casa, me preparaba para las clases y otra vez la rutina.
El fin de semana tampoco era muy relajado: me levantaba a las ocho, barría, fregaba, me iba a hacer la compra, daba clases particulares a gente de cursos más bajos que yo durante cinco horas y otra vez al café para trabajar, todo esto era un sábado normal, sin salir de fiesta, ni emborracharme como el resto de compañeros de clase. Además no era una persona muy sociable, que digamos. Siempre intentaba huir de la gente, la muerte de mis padres me afectaba, mi padre debía soportar el dolor y recordar que tenía una hija, en vez de eso decidió huir de todo, desaparecer, gracias a él fui a siete psicólogos distintos, intentando diagnosticarme porque no confiaba en nadie, ni en mi propia familia.
Mi vida era horrible, solo los domingos podía descansar y dormir hasta las cuatro de la tarde, comer y leer un libro, hasta que recordaba todo lo que tenía que estudiar. Terminaba los pocos deberes que no había finalizado el viernes y dormía nueve horas del tirón.
Nadie me entendía, todos decidieron alejarse de mí como si pudiesen romperme o traumatizarme más de lo que estaba. Solo una persona intentó acercase a mí y solo él consiguió devolverme la cordura que había perdido junto con mis padres.
Era un día normal de instituto cuando nos conocimos, yo ya había oído hablar de él, el chico más popular de la escuela, un chico malo, alguien que no había repetido jamás, pero que aprobaba casi gracias a la suerte. Yo iba a toda prisa por el pasillo cuando tropecé y todo mi trabajo de física se esparció por el aire como si lloviese, él se interpuso entre mí y el suelo, haciéndose más daño del que me habría hecho yo.
-¿Estás bien?-Me acarició su voz.
-S-Sí, p-pero tú…-Tartamudeaba mientras veía como su brazo empezaba a enrojecerse por el golpe.-Deja que te ayude, es lo mínimo que puedo hacer.
En un momento recogí los veinte folios, le ayudé a levantarse y le pregunté su nombre.
-Me llamo Jorge, tú eres Sofía, ¿me equivoco?-Me respondió.
Era algo increíble que alguien se hubiese fijado en mí, así que sorprendida, le miré y le sonreí. Era la primera vez desde que empecé el instituto que no me sentía estresada, era una sensación desconocida para mí en aquellos tiempos, era feliz.
Desde ese momento empecé a verle más a menudo, quedaba con él antes del trabajo y a veces, después de este. En esos momentos era libre, era como si mi vida fuese normal, como si no me hubiera quedado huérfana y tuviese que valerme por mi misma. Le fui conociendo mucho más y no era el típico estudiante que vaguea en clase porque no entiende nada, él lo entendía todo a la mínima, solo tuve que demostrarle que si no mejoraba sus notas, el resto de compañeros no lo intentarían. Así que en un examen logré que la nota media de una clase entera aumentara. Solo era una reacción en cadena, mueves una ficha y todas a su alrededor se balancean. En pocas semanas, todo cuarto tenía unas notas por encima de sus posibilidades.
Ninguno creíamos que un simple chico pudiera hacer mejorar a un curso entero, pero él no era un chico cualquiera. Era inteligente, atento y muy guapo, todas las chicas de mi clase hablaban de él con esas miradas de admiración, queriendo salir con él a toda costa y lanzándome miradas asesinas al enterarse de que le ayudaba con los estudios y le conocía como si fuésemos viejos amigos. Nadie se había preocupado de conocerme hasta que le conocí, en un segundo me hice la chica más popular de todo el corredor, aún no entendía nada, pero parecía que podría llegara a ser una estudiante más, sin ataduras psicológicas, pero la fama y la popularidad son un veneno que me consumió nada más entrar en contacto con ellos. Él me despertó de aquella pesadilla de “amigos” y “admiradores”.
-¡Sof!
-¿Jorge?
-Dime que estas bien.
-Lo estoy, ¿pasa algo?
Un hormigueo recorrió mi cuerpo como un relámpago. Su padre había sido asesinado. Él estaba irreconocible, despeinado, como si por una vez su imagen no le importase, con las mejillas de un rojo igual que el de sus ojos. Había llorado, pensé que él jamás lloraría, cuando me contó lo ocurrido no pude creerme que yo hubiese llorado como lo hacia Jorge en ese momento. Fue muy duro para los dos, Jorge no podía creérselo, lo negaba, le asustaba la idea de que ahora su madre se hubiese quedado viuda y de que él ya no tuviese padre, dejó los estudios y decidió salir a la calle, se estaba volviendo loco.
Aun le debía un favor, él me había sacado de la locura, ahora me tocaba sacarle a él.
Intenté que razonara, fue inútil, lo intenté todo pero seguía traumatizado, yo solo quería que se diese cuenta de que la muerte es algo que nos llega a todos, y que siempre habrá alguien que nos quiera, ya que eso me lo había enseñado a mi hace tiempo, acabé dándome por vencida pero no quería que esto acabara así, desesperada rompí a llorar sin darme cuenta de que lo estaba haciendo… Alguien me tapo con una manta, me abrazó por la espalda y me dijo:
-No te preocupes.
Miré hacia atrás sorprendida y allí estaba, el único loco que dejaría a un lado sus problemas para intentar sacarme una sonrisa. Jorge.
-Estúpido.-Le dije mientras le miraba a los ojos dulcemente.
Me secó las lágrimas, me acarició el pelo, se acercó a mí y me susurro al oído:
-No llores más, ya lloraste suficiente por culpa de tu familia, no quiero que llores más por mí.
-Como quieres que no llore por ti si eres mi única familia.
Desde entonces no nos separamos, él me apoyaba y yo a él, no teníamos problemas, y cada vez que estaba a punto de derrumbarme, me miraba directamente a los ojos y me daba un beso de esos que solo puedes describir con una palabra:
INOLVIDABLE.
Escrito por Irene García Arias.

martes, 2 de julio de 2013

La Emperatriz De Los Etéreos (cap 4)



IV 
La partida

El joven tardó menos de lo que esperaban en re­cuperar el conocimiento. Mientras estuvo con­valeciente se comportó con normalidad, aunque en ocasiones decía cosas muy extrañas, y, por el contra­rio, nunca hablaba de lo que había hecho durante su ausencia. Nuba pasaba casi todo el tiempo con él. Bipa seguía la misma rutina de siempre, pero por las noches, cuando preparaba sopa para todos, se sentaba junto a él y le ofre­cía un cuenco. Solían quedarse a solas cuando Topo acom­pañaba a Nuba de vuelta a su casa. En una de aquellas oca­siones, Aer le dijo:
—Yo tenía razón, Bipa. El palacio de la Emperatriz existe. Me lo dijo Gélida.
—¿Quién es Gélida? ¿La Emperatriz?
—No, Gélida es Gélida —replicó él; trató de incor­porarse, pero Bipa no se lo permitió—. También ella sueña con llegar hasta la Emperatriz. Ella...
—Estás delirando —le interrumpió Bipa—. Deja de decir tonterías, ¿quieres? Por poco te mueres ahí fuera bus­cando ese palacio que nadie ha visto. Confundes tus fan­tasías con la realidad. Tu madre...
—Mi madre no tiene nada que ver con esto —cortó Aer, y por una vez, Bipa lo vio serio, casi enfadado—. Sé muy bien cuándo sueño y cuándo estoy despierto. Sé muy bien lo que he visto, y te lo voy a demostrar.
Se volvió hacia todos lados con cierta agitación. Bipa tuvo que retenerlo para que no saltara de la cama.
—¿Se puede saber qué buscas?
—Mi mochila. La traje conmigo...
—Ahora te la alcanzo, pero estáte quieto, ¿quieres?
—Cuidado, ¡cuidado! —exclamó Aer al ver que Bipa cogía la mochila de cualquier manera—. ¡No la zarandees de esa forma!
Bipa depositó el morral sobre sus rodillas. Aer lo abrió con suma delicadeza y sacó un bulto envuelto en trapos.
—Mira —dijo en voz baja—. ¿A que nunca habías visto nada como esto?
Lo desenvolvió, descubriendo un objeto de rara y delicada belleza. Tenía la forma de una flor; una flor mu­cho más hermosa y magnífica que cualquiera de las que
brotaban de las tristes plantas del huerto. Sus hojas se alzaban con orgullo, sus pétalos eran perfectos...
Pero no era una flor de verdad. Era dura y transparente, como el hielo, como el cuarzo, pero muchísimo más pura. Tanto, que podía verse perfectamente a través de sus pétalos, como si no estuviese allí.
—Es una flor de cristal —susurró Aer—. Es muy frágil; cualquier golpe podría romperla en cientos de pe­dazos.
—Pero... no es de verdad —dijo Bipa en el mismo tono—. Quiero decir que no puede haber crecido en el suelo, ¿no? No es una planta que haya nacido de la tie­rra. No se puede comer.
Aer suspiró con impaciencia.
—Claro que no se come. Lo importante no es la flor, sino el cristal. Es hermoso, ¿verdad?
—Sí que lo es —admitió Bipa. Estuvo a punto de aña­dir: «Pero no sirve para nada». Por fortuna, se contuvo a tiempo.
—¿Puedo tocarla? —preguntó.
Aer sonrió.
—Claro —dijo—. La he traído para ti.
Bipa lo miró, perpleja.
—¿Para mí? Pero... —no pudo seguir. Por una vez se había quedado sin palabras.
—Para demostrarte que mis padres tenían razón —ex­plicó él—. Que existen más cosas lejos de aquí. Yo estuve en casa de Gélida y me llevé esta flor de su colección de tesoros. Porque tú no estabas allí para verlo y de alguna manera tenía que demostrarte que era real.
—¿Se lo robaste a otra persona? —casi gritó Bipa.
Aer sonrió con picardía.
—Créeme; si la conocieras, no lo lamentarías lo más mínimo. Ahora mismo debe de estar bastante enfadada, pero no me arrepiento. Aunque Gélida es la mujer más hermosa que he visto jamás, esta flor no fue hecha para ella. En cuanto la vi supe que debía traértela.
Bipa seguía sin saber qué decir, en primer lugar por­que lo que le estaba contando Aer le parecía una sarta de disparates, y en segundo lugar porque lo inesperado del regalo todavía le impedía reaccionar. Tomó la flor con de­licadeza entre sus manos y la alzó para verla mejor a la luz del fuego. Lanzó una exclamación de sorpresa cuando la luz se refractó en el cristal, desparramando todo un arco  iris de colores sobre sus asombrados rostros.
—Nunca había visto nada igual —reconoció Bipa.
 Pero Aer parecía horrorizado.
 —No... ¡apártala de ahí! El cristal ha de ser puro... transparente... ¿No lo entiendes?
—No —respondió Bipa—. Si la única función de este objeto es la de ser hermoso, creo que lo es más todavía cuando le da la luz. Así, apagado, es mucho más soso.
—¡Soso! —repitió Aer escandalizado. Le arrebató la flor de las manos—. Desde luego —dijo, de mal humor—, eres la más opaca de todos los opacos.
—¿Cómo me has llamado? —replicó Bipa, estupefacta.
Aer cerró los ojos un momento, cansado. Cuando los abrió sonreía de nuevo.
—No importa —dijo—. La flor es tuya, puedes hacer  con ella lo que quieras. Como si decides romperla porque  no sirve para nada.
Era una opción, se dijo Bipa; pero, contemplando de  nuevo los delicados pétalos de cristal, pensó que era una  lástima; alguien debía de haber invertido mucho tiempo en hacerla, la Diosa sabría cómo. Aunque no tuviera nin­guna utilidad, por respeto al trabajo ajeno valía la pena conservarla. Además, Aer tenía razón: era hermosa.
—No voy a romperla —le aseguró.
La cogió con cuidado para depositarla sobre la chime­nea, lejos del borde, para que no se cayera por accidente. Allí se veía muy bien y no corría peligro de romperse.
Aer sonrió satisfecho, y se recostó bajo las mantas.
—Me alegro de que te guste —dijo con cierto esfuerzo; aún estaba convaleciente y se cansaba con facilidad—. Y de que quieras conservarla. No sólo por lo que me costó conseguirla, sino... porque he vuelto sólo para traértela.
Sus últimas palabras fueron apenas un murmullo. Ins­tantes después, ya dormía otra vez.

Aer no tardó en regresar a su propia casa con su madre, y todo volvió a la normalidad. Tanto él como Nuba reci­bieron muchas visitas aquellos días. La gente quería saber cómo estaba y qué había estado haciendo y, si bien él se­guía sin hablar de su experiencia —Bipa pronto comprobó que no le había mencionado a nadie más la existencia de Gélida—, agradecía su interés con una misteriosa sonrisa.
Casi nadie reparó en la bella flor de cristal que ador­naba el hogar de Bipa y Topo. Por alguna razón, la chica no quería hablar de ello.
Maga sí la vio. En una de las visitas a la casa, cuando Aer todavía estaba allí, convaleciente, su mirada se posó sobre la repisa de la chimenea, y su frente se arrugó leve­mente. Sin embargo, no dijo nada. No cabía duda de que todos se sentían felices de ha­ber recuperado a Aer; aunque hubieran celebrado su fune­ral y hubieran consolado a Nuba por su pérdida y, por tanto, se sintieran un poco desconcertados. Nadie regresaba de la muerte. La Diosa no devolvía nunca lo que reclamaba para sí. Por eso no sabían cómo comportarse con Aer. Lo acogieron con alegría, pero a la vez, con cierta reserva. Hasta Taba mantenía las distan­cias.
Era como si la presencia de Aer fuese solamente un es­pejismo; como si esperasen que desapareciera de nuevo en cualquier momento. Y Bipa empezó a temer que sería así.
A medida que Aer iba recuperando fuerzas se volvía cada vez más huraño y distante, más frío, más serio. Por las noches subía a la colina nevada y contemplaba el horizonte, aun cuando la mayoría de las veces las nubes y la niebla ocultaran la Estrella por completo. Él sabía que estaba allí, y eso le bastaba.
En cierta ocasión, Maga fue a buscarlo a lo alto de la colina y trató de hacerle bajar. Mantuvieron una agria dis­cusión —y Maga nunca discutía con nadie—, pero no llegó a saberse de qué hablaron ni qué se dijeron, porque no lo comentaron con ninguna otra persona. Lo que sí supo Bipa, porque Topo se lo contó, fue que, a raíz de la intervención de Maga, Aer dejó de salir por las noches. En su lugar, se pasaba el tiempo en casa, enfurruñado.
—No está bien de la cabeza —murmuró Bipa.
—Nuba tiene la esperanza de que tú logres hacerle en­trar en razón —dijo Topo.
—¿Yo? ¿Y por qué yo?
La mirada de Topo se desvió, de forma bastante elo­cuente, hacia la flor de cristal que descansaba sobre la chimenea.
—No quieras cargarme de responsabilidades que no me corresponden —protestó ella—. Entre Aer y yo no hay nada. Que a él le dé de vez en cuando por contarme sus chifladuras y por regalarme cosas raras no nos con­vierte en pareja. Ni siquiera sé si somos amigos de ver­dad. No me corresponde cuidar de él, padre, y lo sabes. Incluso en el caso de que Nuba y tú os fuerais a vivir jun­tos en un futuro, si eso nos convirtiera en hermanos, él sería el hermano mayor, así que no tengo por qué cuidar de él.
Se detuvo para recuperar el aliento. Topo no dijo nada. Sólo la miró, pensativo.
—Ya te he dicho muchas veces —concluyó ella con más suavidad— que no quiero encariñarme con él. Por­que si le pasa algo lo echaré de menos. Pero es que encima Nuba y tú pretendéis que me responsabilice de él. Para que, si le ocurre algo, además de echarle de menos me sienta culpable. ¿No comprendes que es injusto, padre?
Topo suspiró.
—Puede que tengas razón. Puede que no haya nada que podamos hacer por él. Tal vez se calme con los años y pueda llegar a ser feliz, o tal vez vuelva a desaparecer, y en esta ocasión no regrese. Tal vez...
—En cualquier caso —cortó Bipa—, es decisión suya. Si quiere hacer locuras, que las haga, es su problema. Sólo lo siento por Nuba —añadió en voz baja.
No hablaron más sobre el tema aquella noche. Cuando Bipa se metió en la cama, echó un vistazo a la flor que relucía misteriosamente sobre la chimenea. Recordó que, una vez, cuando eran niños, le había di­cho a Aer que no encontraría en el exterior nada que su­perara lo que las Cuevas podían ofrecerle. Pero Aer se había ido de todos modos, y había hallado a una mujer llamada Gélida, y una flor de cristal. Y mu­chas otras cosas más, de las que no le había hablado. Y de­bía de echarlas de menos, puesto que no parecía feliz de haber regresado con los suyos.
«Nada de lo que puedas encontrar ahí fuera puede ser mejor que lo que dejarías atrás», le había dicho Bipa aque­lla noche de tormenta, hacía ya tanto tiempo. Suspiró. Ahora comprendía que se equivocaba; que, aunque no entendía la razón, para Aer nada de lo que ha­bía en las Cuevas podía superar lo que el Exterior le pro­metía.
Ni siquiera su madre. Ni siquiera la propia Bipa. Así que, ¿para qué perder el tiempo tratando de hacerle entrar en razón? Sería humillante. Y doloroso, en cierto modo. Pero su padre no comprendía que, cuando una mujer debe suplicar a un hombre que no se vaya, es porque él no tiene interés en quedarse a su lado. Para Bipa, el mensaje estaba claro.
Y Aer se lo confirmó al día siguiente. Porque volvió a desaparecer, sin despedirse, sin dejar ni rastro. Y, aunque muchos tenían la esperanza de que regresa­ría, Bipa sabía que era una esperanza vana. Porque él mismo se lo había dicho. Había vuelto sólo para llevarle la flor, para contarle que estaba equivocada. Aquella era su única cuenta pendiente con el mundo de las Cuevas, y ya estaba saldada.
Le dolió más de lo que había imaginado. Perderlo por segunda vez fue casi peor que haberlo dado por muerto la vez anterior.
Nuba estaba desconsolada; Topo, enfadado; Maga, re­signada. Y el resto de la gente, desconcertados. No sa­bían si partir en su busca o no; si llorar su muerte o no. Porque, si organizaban una búsqueda, era probable que no lo encontraran; y, si volvían a celebrar su funeral, era posible que él regresase de nuevo para trastocar sus vi­das otra vez y volver el mundo del revés. Porque los muer­tos no regresaban, pero él lo había hecho.
Al final fueron muy pocos los que partieron en busca de Aer, Bipa y Topo entre ellos. Como era de esperar, no hallaron nada. Ni siquiera un cuerpo que pudieran en­terrar para darlo definitivamente por muerto. Por eso en esta ocasión no hubo funeral; y la gente de las Cuevas vol­vió a sus tareas cotidianas sin saber si Aer estaba vivo o no. Era, simplemente, un desaparecido, como lo había sido su padre. Y, como Bipa sospechaba, estar desaparecido era casi peor que estar muerto, al menos para la gente que lo espe­raba. Porque existía la posibilidad remota de que volviera, y, mientras no supieran a qué atenerse, seguirían aguar­dándolo, tal vez meses, tal vez años, quizá toda la vida.
Y Bipa comprobó, con horror, que también ella, como Nuba, oteaba el horizonte a menudo, con el deseo de ver a Aer aparecer entre una cortina de nieve, desafiando al frío y a la muerte y saliendo vencedor, como ya había he­cho una vez. Y vio a Nuba en la puerta de su casa, también contemplando el horizonte, con la piel marchita y los ojos apagados, tan sólo alimentados por una febril llama de esperanza. La esperanza era un sentimiento positivo, o al menos eso decía la gente. Pero Bipa sabía la amarga verdad: la es­peranza podía llegar a ser cruel, oh, sí, terriblemente cruel... Podía convertir a una muchacha enamorada en una mu­jer triste y débil, perdida en sus ensoñaciones y en recuer­dos de un tiempo que no volvería. La esperanza podía tras­tornar a una persona hasta hacerle rozar la locura.
En aquel momento, Bipa miró a Nuba, su rostro dulce y cansado, y su mirada siempre prendida en el horizonte, en aquel mundo que no era el suyo y que jamás alcanza­ría, pero que había aprisionado ya su mente, sus deseos y su voluntad. Y decidió que no quería ser como ella.
Aquel día no sacó al rebaño a pastar. Le pidió a Pado, un muchacho un poco más joven que ella, que lo hiciera en su lugar, y fue a ver a Maga. Cuando llegó a su casa, la halló atendiendo a un an­ciano que tenía dolores de espalda. Aguardó en la puerta, para no molestar, pero Maga dijo:
—Remueve el puchero o se pegará al fondo.
Y Bipa obedeció. Uno de los nutritivos caldos de Maga bullía en la olla, con lentitud, desparramando por la habi­tación un olor profundo y delicioso. Bipa removió el contenido del puchero con cierta solemnidad, como todo lo que hacía para Maga. Porque todo aquello en lo que Maga trabajaba era importante, y ella era consciente de que de­bía realizar lo mejor posible cualquier tarea que la chamana le encomendara, por simple que pareciese.
Las manos de Maga masajeaban los frágiles hombros del anciano, su columna, cada una de sus vértebras. Mien­tras, el Ópalo relucía, generando aquel reconfortante ca­lor que todo el mundo asociaba a la mirada de Maga, al milagroso tacto de sus dedos. El tiempo se deslizó lentamente, marcado por las vuel­tas del cucharón y por el crujir de los huesos del anciano. Por fin, cuando Maga terminó y su paciente se fue, mu­cho más aliviado, Bipa preguntó:
—¿Qué sabes del Reino Etéreo, Maga?
Sintió sobre ella la mirada de la chamana, intensa y comprensiva.
—¿Quieres ir tú hasta el Reino Etéreo? ¿Hasta el pa­lacio de la Emperatriz?
Ella negó con la cabeza, sin dejar de mover el cucharón.
—No pretendo llegar tan lejos. Con un poco de suerte, lo alcanzaré mucho antes. Tal vez en el castillo de Gélida —añadió.
Maga alzó una ceja.
—¿Te habló de Gélida?
—No demasiado —Bipa dejó de dar vueltas al cal­do—. ¿La conoces? ¿Sabes cómo es?
Maga suspiró.
—Todo aquel que viaje en dirección a la Estrella —dijo, sin contestar a la pregunta— tendrá que atravesar los Mon­tes de Hielo, una tierra fría e inhóspita donde muy pocas criaturas pueden sobrevivir. Gélida reina sobre todo ese te­rritorio, Bipa. No nos hemos visto nunca, aunque sé que tenemos algo en común.
Bipa recordó lo poco que Aer le había contado acerca de Gélida y dijo, sin poder contenerse:
—Lo dudo mucho.
Maga sonrió.
—Sabrás a qué me refiero en cuanto la veas.
Bipa dejó el cucharón y se volvió hacia ella.
—Tú... ¿sospechabas ya que tenía intención de mar­charme?
Maga asintió, tomando el relevo de Bipa junto al pu­chero.
—Desde la primera vez que te vi mirando a lo lejos por si veías aparecer a Aer.
—Eso no puede ser —protestó la joven—. Lo he de­cidido esta misma mañana. Tengo que hacerlo porque ya estoy harta de que Aer desaparezca sin más, porque Nuba lo está pasando muy mal y él no tiene derecho a compor­tarse de esa forma. Ya no es un niño y no puede estar siem­pre haciendo sufrir a su madre con sus caprichos.
—¿Por qué no le dijiste todo esto antes de que se fuera? —la cortó Maga.
—Se lo he dicho varias veces —replicó Bipa—, pero nunca con la seriedad necesaria, por lo visto.
—¿Y crees que ahora sí te escuchará? Si lo alcanzas, ya sea en casa de Gélida, o incluso más allá... ¿qué le dirás?
Bipa sacudió la cabeza. No respondió, pero su silen­cio fue de lo más elocuente. Maga la miró fijamente.
—Si vas a buscarlo te estarás jugando la vida.
—Lo sé —asintió Bipa.
—Pasarás hambre y frío. Correrás peligros. Puede que no regreses jamás.
Bipa vaciló. Por un momento estuvo a punto de echarse atrás. Pero después dijo:
—Si Aer llegó hasta la casa de Gélida, yo también po­dré hacerlo. Soy tan fuerte como él.
—Lo sé, Bipa. Pero, si alguien ha de ir a buscarlo, ¿por qué tienes que ser tú?
Bipa se mordió el labio inferior, insegura acerca de la respuesta que debía darle.
—Porque Nuba necesita respuestas. Y he de ser yo quien se las traiga, porque entre todos habéis conseguido que me sienta responsable. Porque si no voy yo, nadie lo hará.
—Tu padre puede emprender ese viaje en tu lugar —sugirió Maga, pero Bipa negó con la cabeza.
—Él debe cuidar de Nuba, ahora que ella ya no tiene a nadie. Y nadie más irá a buscar a Aer. Nadie le dirá a la cara esas verdades que no quiere oír. Yo soy la única que le ha dicho lo que piensa. Siempre ha sido así.
—Y por eso él te aprecia más que a nadie.
Bipa gruñó.
—Lo dudo mucho —alzó la cabeza para mirarla—. Sinceramente, Maga, no quiero ir. Quiero quedarme tran­quila y calentita en mi casa, y olvidarme de Aer. Pero sé que no podré volver a la tranquilidad de siempre hasta que no se aclare todo este asunto... hasta que no sepamos si Aer está vivo o está muerto; y, si vive, si tiene o no intención de volver, o si ha conseguido instalarse en otro lugar y sen­tirse más o menos a gusto. Lo peor no es lo que Aer haga o deje de hacer. Lo peor es no saber. No sólo para mí, sino para todos.
Maga suspiró y movió la cabeza.
—Das demasiadas explicaciones, Bipa. Tú y yo sabe­mos que no es ésa la razón por la cual quieres ir a buscar a Aer.
—La puedo resumir: Aer es estúpido porque nadie ha metido en su cabeza ni una pizca de sentido común. Yo lo he intentado, pero no puedo hacer milagros y además no es asunto mío. Sin embargo, como soy la única capaz de inculcarle un poco de sensatez, tendré que ir a buscarlo. Y porque si no voy yo, nadie más lo hará.
Maga sonrió.
—Dices lo que piensas, Bipa, pero no lo que sientes.
—Mis motivos no tienen nada que ver con el roman­ticismo—bufó ella, captando la insinuación—. Lo he di­cho muchas veces, no hay nada entre Aer y yo. No me ju­garía la vida por él...
—... Pero vas a hacerlo.
—Porque me siento responsable y porque tengo que hacerlo. Me parecen razones de más peso que un enamoramiento. De hecho, probablemente si estuviese enamo­rada de él no iría a buscarlo. Haría como Nuba: esperarlo eternamente... o tal vez como Taba: soñar con él sin atre­verme a acercarme. Si eso es el amor, no hay duda de que yo no estoy enamorada. Porque no tengo inconveniente en ir a buscarlo, decirle que es idiota y traerlo a rastras, no importa lo enfadado o humillado que se sienta. Y eso es lo que haré.
Y se cruzó de brazos, ceñuda, dando por finalizada la conversación.
—¿Esto es lo que le vas a decir a tu padre?
Bipa vaciló.
—No va a retenerte —la tranquilizó Maga—. Pero te­merá por ti.
—Oh, yo tengo intención de volver —le aseguró la joven, dirigiéndose ya hacia la puerta—. No sé qué pre­tende Aer, pero yo no quiero estar ahí fuera un instante más de lo necesario. Lo buscaré, lo encontraré y regresaré, con o sin él. Si es con él, mejor que mejor; y, si no, espero poder traerle al menos noticias a Nuba, a Taba, y a todas las personas que lo están esperando.
Maga asintió, sonriendo.
—Pasa a verme antes de marcharte, si no cambias de idea. Tengo algo para ti.
—Gracias —dijo Bipa, pero no preguntó qué era. Se iba a enterar de todos modos cuando llegara el momento.
Cuando comunicó a su padre su decisión de marcharse, él la miró, con aquellos ojos profundos y tristes, y no dijo nada. Bipa repitió, una por una, las razones que le había dado a Maga, que, en honor a la verdad, cada vez le pa­recían menos convincentes. Y cuando creía ya que Topo no la dejaría marchar, él se levantó, la envolvió en un abrazo de oso y murmuró con voz ronca:
—Ten cuidado, hija.
Bipa nunca lloraba; pero, por alguna razón, aquellas palabras anudaron su garganta y anegaron sus ojos. Parpa­deó para retener las lágrimas.
—Descuida, padre. Si el inútil de Aer fue capaz de so­brevivir ahí fuera, cualquiera podrá hacerlo.
Topo sonrió.
—No te confíes, Bipa. Y por encima de todo, mantén siempre caliente tu corazón. No lo olvides.
Bipa no entendió aquel consejo, pero le prometió que no lo olvidaría.
Hizo un macuto con las cosas que pensaba que le se­rían de utilidad. Escogió sus prendas más abrigadas y la comida más nutritiva y duradera. Guardó también yesca y pedernal para encender el fuego si encontraba la ocasión, y algunos botes con medicinas preparadas por Maga para casos de necesidad. Todo útil; nada superfluo. Lo único que incluyó en su equipaje que contradecía su espíritu prác­tico fue el colgante de cuarzo que Aer le había regalado tiempo atrás. Lo sacó de su caja y se lo puso al cuello por vez primera. Se lo metió bajo la ropa, rozando su piel. No sabía por qué; tal vez para recordar el objetivo de su viaje —«¡Como si fuera a olvidarlo!», resopló para sus adentros—, tal vez como talismán, o quizá en la esperanza de que, de alguna manera, la Diosa la guiase hasta su amigo a través de él. Pero eso también era una tontería. La Diosa gobernaba sobre las co­sas vivas, sobre todas las cosas vivas. Pero el cuarzo estaba muerto..., o al menos, no-vivo, puesto que para estar muerto hay que haber vivido alguna vez. Tampoco la flor de cristal estaba viva. Ni muerta.
Bipa se estremeció. No obstante, conservó puesto el colgante.
Antes de partir fueron a verla, sucesivamente, Nuba y Taba. La primera la abrazó con fuerza, le dio las gracias y le suplicó que no corriera riesgos y que volviera atrás si te­nía problemas, aunque no hubiese encontrado a Aer. La segunda le deseó buena suerte, dudó un momento y, des­pués, le dijo en voz baja, con profunda admiración:
—Eres muy valiente.
—Tonterías —bufó ella.
No se consideraba especialmente valiente, ésa era la verdad. Tenía miedo.
Al día siguiente, antes del amanecer, se despidió de Topo, prometiéndole que volvería pronto. Tras un último abrazo, salió por la puerta interior, cargada con su morral, y fue a ver a Maga, como había prometido. Todavía era de noche cuando llamó suavemente a su puerta. Sabía que Maga la recibiría, a pesar de lo temprano de la hora, porque Maga siempre recibía a todo el mundo, en cualquier momento. Cuando le abrió la puerta llevaba un chal sobre la ropa de dormir y aún estaba despeinada, pero la saludó con una amplia sonrisa.
—Pasa, Bipa. Gracias por venir.
—No me puedo quedar mucho tiempo—dijo ella, entrando en la casa—. Quiero marcharme antes de que se levante todo el mundo, porque si no, las despedidas se eter­nizarán.
—No te entretendré demasiado. Ven, acércate.
Bipa obedeció. Ante su sorpresa, vio que Maga se qui­taba el Ópalo que pendía sobre su pecho y se lo ponía a ella al cuello. Trató de resistirse.
—Pero, Maga, ¿qué haces? ¡El Ópalo es tuyo! Lo ne­cesitas para curar a la gente.
—Tú lo necesitarás mucho más que yo. En realidad son las medicinas, los caldos y el propio cuerpo del en­fermo lo que hace que éste sane. El poder del Ópalo sólo acelera las cosas...
—... Y calma el dolor y alivia la fiebre. No, Maga. No puedo aceptarlo.
—Hazlo —dijo Maga, y sus ojos oscuros relucieron un instante, casi, casi, con el mismo brillo del Ópalo—. Hazlo, porque sin el poder de la Diosa morirás de frío, y porque si encuentras a Aer, necesitarás toda la ayuda po­sible para hacerlo volver.
—Pero... pero... —balbuceó Bipa—. No estoy segura de que deba obligarlo a volver... si de verdad existe la Em­peratriz, y él...
—Si llega tan lejos —cortó Maga—, puede que la de­cisión de regresar o no ya no dependa de él.
—¿Qué quieres decir? — preguntó Bipa, intrigada; pero la chamana no dio más detalles.
—Guarda bien el Ópalo —dijo—. Cuídalo, y él te cuidará a ti. Es un regalo de la Diosa; mientras lo lleves contigo, el calor y la vida no te abandonarán.
»Úsalo correctamente, Bipa. Porque el poder del Ópalo es grande. Pero es su portador el que decide cómo, por qué y para qué emplearlo.
—No lo voy a usar —murmuró Bipa, ocultándolo bajo la ropa, de modo que le rozase la piel—. Porque es tuyo y eres tú quien tiene que llevarlo. Pero lo aceptaré, porque tú así lo quieres. Volveré cuanto antes para devol­vértelo —añadió con una sonrisa—. No olvidaré que es un préstamo y que también lo necesitas aquí.
Las dos se despidieron con un fuerte abrazo.
—Que la Diosa esté contigo, Bipa; ojalá encuentres a Aer, y ojalá la Diosa lo acompañe a él todavía.
La muchacha la miró, suspicaz.
—¿Qué me estás ocultando, Maga?
Pero ella movió la cabeza, abatida, y no dijo nada más.
Bipa abandonó las Cuevas cuando la fría claridad del día empezaba a pintar el horizonte. Aunque la niebla im­pedía ver el cielo, como de costumbre, la joven recordaba en qué dirección había visto la Estrella la noche en que la había contemplado junto a Aer. De modo que se abrigó lo mejor que pudo, se ajustó la bufanda y los guantes, se ase­guró de que llevaba bien puesto su morral y echó a andar. Era demasiado temprano y no acudió nadie a despe­dirla, pues les había dicho que partiría más tarde.Y en rea­lidad había tenido intención de hacerlo así. Pero había cambiado de idea al despertarse, sobresaltada, en mitad de la noche. No podía esperar, comprendió. Ni tenía ganas de despedirse de todo el mundo. Ahora estaba convencida de que había sido una buena idea. Porque no habría sabido explicar el hecho de que el Ópalo de Maga fuera a abandonar las Cuevas. Bipa estaba segura de que habría muchos que no entenderían ni acep­tarían la decisión de la chamana, y no los culpaba: tam­bién a ella le resultaba incomprensible. Pero era la volun­tad de Maga, y Maga siempre hacía las cosas por algo. Y debía de haber una razón de peso para que ahora su pre­ciado Ópalo reposase sobre el pecho de la joven, rozando el otro colgante que llevaba, el cuarzo que le había rega­lado Aer.
Bipa sólo se volvió atrás en dos ocasiones. Una, cuando no llevaba ni diez pasos de camino, para despedirse por úl­tima vez de Topo, que seguía en la puerta. Ambos agitaron la mano, pero no dijeron nada más. Sus figuras eran apenas sombras recortadas en la espesa niebla. La segunda vez fue justo antes de que las Cuevas fue­sen engullidas por la neblina matinal. Bipa se detuvo un instante para contemplar la silueta de las colinas en las que habitaba su gente, las altas chimeneas que arañaban el cielo. Cerró los ojos y deseó poder regresar a casa y no tener que marcharse.«Pero si no lo hago yo, nadie más lo hará», se recordó a sí misma con energía. Y, respirando hondo, dio media vuelta para marcharse. Ante ella se alzaban, semiocultas por la nieve, las antiquísimas estatuas de piedra que ha­bían esculpido sus antepasados en tiempos remotos, y que señalaban el límite entre la seguridad y lo desconocido, entre la vida y la muerte. Bipa creyó intuir una muda adver­tencia en sus rostros inexpresivos y desgastados por el tiempo; aun así, siguió caminando sobre la nieve, sin mi­rar atrás.